29 de octubre de 2011

FILM – Tacita Dean



La Tate Modern de Londres expone hasta el 11 de marzo de 2012 una obra fílmica de la artista inglesa Tacita Dean. Presentada en el amplio espacio de la Turbine Hall, la pel·lícula FILM (2011) resulta ser una pieza silente, un filme anamórfico de once minutos de duración, proyectado en loop sobre una pantalla vertical de grandes proporciones. Este homenaje al cine de artistas y al cine experimental alcanza un grado de perfección formal que choca frontalmente con su concepto inicial. Y es que en el fondo –por mucho que en el texto introductorio de la sala, la artista escriba sobre la soledad del cineasta independiente, ante la empalmadora y la moviola– estamos ante una superproducción realizada en 35mm, con decenas de técnicos y colaboradores detrás. Rodada directamente en cámara, mediante múltiples exposiciones, máscaras y filtros de colores, el filme plantea la posibilidad de considerar el cuadro de la imagen como una ventana abierta a infinitas combinaciones visuales. Capturando permanentemente las perforaciones laterales, los planos rodados quedan divididos en tres y hasta cuatro fotogramas independientes, proyectados simultáneamente. La confusión que ello provoca en el espectador viene dado por la dificultad de visualizar, conceptualmente, el proceso de creación. FILM es un tour de force, es una obra de experimentación técnica que afirma rotundamente el carácter mágico e ilusionista de la imagen en movimiento, así como las amplias posibilidades que aún permite el celuloide –se añaden fotogramas tintados a mano por Ulrich Ruedel– y los aparatos que participan de su puesta a punto. Formalmente la película remite a las abstracciones geométricas del cine de la música visual, las soluciones sistemáticas del cine estructural en la división de sus encuadres y los añadidos objetuales de cierto cine surrealista por la iconografía utilizada. Si los permanentes cambios cromáticos sobre ventanales pueden recordar el final de Wavelenght (1967) de Michael Snow, las filmaciones de fuentes, escaleras mecánicas, caracoles, tomates, flores y rocas remiten a las asociaciones discrepantes de filmes como Le retour à la raison (1923) de Man Ray. El proyecto está cargado de contradicciones, es cierto, pero el resultado final asombra, tanto por el dispositivo empleado como por el filme proyectado. Porque las dimensiones del espacio, la oscuridad de la sala y los ruidos de los paseantes hacen pensar en contextos religiosos occidentales, en catedrales e iglesias donde el foco de atención son los cambios cromáticos de la luz natural al atravesar vidrieras y rosetones.





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